Eran las siete de la tarde de un día gris de invierno. Mientras él leía su libro favorito sentado en la butaca roja del salón, su lugar preferido de la casa, sólo se escuchaba el sonido de la lluvia al golpear los cristales de las ventanas, acompañado por la triste canción tocada al piano por su mujer. De repente, el piano dejó de sonar tras un violento golpe que hizo sonar más de diez teclas a la vez. La batalla que la mujer había librado contra un cáncer que acabaría siendo el vencedor había acabado en aquel momento. Él, sabiendo que aquel momento llegaría tarde o temprano, se había preparado para sobrellevarlo. Sin decir nada, se levantó de la butaca, fue al pequeño mueble-bar que había junto al armario de la vajilla, y tomó una botella de Bourbon de 8 años que había estado reservando para un momento especial. Tras dejarla sobre la mesa del salón, situada al lado del piano, cogió unas hojas de papel y una pluma, la misma que le había regalado su difunta esposa en su último cumpleaños. Era de color azul, con su nombre grabado en oro; le encantaba esa pluma. Así pues, comenzó a escribir, entre lágrimas, haciendo breves pausas para echar mano del Bourbon, una carta. Una carta dirigida a su hija, en la que le desvelaba los secretos que habían estado rodeando sus vidas durante todos estos años. Tras dejarla sobre la mesa, se dirigió a su cuarto. En un cajón de su mesilla, guardada en una pequeña caja de madera, había una cápsula de color rojo y azul. La cogió, y volvió al salón. La abrió, y vació su contenido en la botella, mezclándose con lo poco que quedaba de Bourbon. Bebió el líquido de un sólo trago y se sentó en una de las sillas de la mesa, justo en frente del piano, al lado de la carta que había escrito. Sus labios empezaron a moverse, y pronunciaron una única frase, tras la cual se desplomaría sobre la mesa: "Al menos puedo morir tranquilo, después de haber compartido mi vida con alguien como tú. Te quiero, cariño."