jueves, 4 de agosto de 2011

El juego del ahorcado (ganadora del XVIII concurso literario del Día del Libro del IES As Lagoas de Ourense)

Desde la ventana de la sala común, se veía como una nueva paciente llegaba al hospital psiquiátrico. La traían maniatada en la parte de atrás de una furgoneta, con los ojos cubiertos por una venda negra y una mordaza en la boca. La doctora Elisa Fernández, directora del hospital, se temió lo peor al verla y pidió explicaciones a los celadores que la acompañaban. Estos le dijeron que era una medida de seguridad pues la chica, de unos 16 años y embarazada de 5 semanas, había intentado provocarse un aborto haciéndose un corte bastante profundo en el vientre con un cristal que había encontrado en la furgoneta, en un desesperado intento por que su madre, que la había dejado en un descampado a las afueras de la ciudad tras haber llamado al psiquiátrico y tratarla de golfa y de fulana, la perdonase.

Viendo que la sangre no dejaba de manchar su ropa, Elisa llamó a la enfermera del hospital. Esta, rápidamente, trajo una camilla y los celadores colocaron sobre ella a la paciente, de la cual lo único que les habían dicho era que se llamaba Cristina. La llevaron a la enfermería, donde después de quitarle la mordaza y la venda, ataron las cuerdas de sus pies y sus manos a los extremos de la camilla. La joven Cristina, con el rostro tan pálido como un copo de nieve, no dejaba de llorar por el dolor y gritar que la soltasen. La directora hizo un gesto a los celadores indicándoles que saliesen de la habitación.

-María, rápido, sédala -le ordenó a la enfermera.

Ella así lo hizo, y tras cinco minutos de insoportables alaridos por parte de la chica, el sedante hizo efecto y la enfermera procedió a examinarla.

-Esto tiene muy mala pinta… -susurró para si la enfermera, preocupada.

Acto seguido, comenzó a limpiarle la herida.

-Esto es inútil, no deja de sangrar. Hay que dar puntos de sutura -dijo María, y buscó todo el instrumental quirúrgico que necesitaba. Una vez cerrada la herida, la tapó con una gasa y esparadrapo -Ya está. Tendré que hacerle pruebas cuando despierte, tenemos que saber si su bebé está bien.
-No, hazlas ahora, mientras dura el efecto del sedante. No sabemos cómo reaccionará al despertarse, es probable que se niegue a que le hagamos nada -respondió la directora.
-Está bien… Por el momento sólo haré una ecografía.
-Bien. Cuando la tengas, ven a mi despacho.

Elisa salió de la enfermería con paso firme. María comenzó a trabajar y no vio nada raro en el feto, por lo que fue a comunicárselo a su jefa.

-Todo en orden, doctora. No se aprecia nada extraño en la ecografía.
-Perfecto. Mantenla en la enfermería por el momento, hay que hacer las curas diarias de la herida. No te preocupes por cuando despierte, el sedante la mantendrá atontada durante algún tiempo. No tendrá fuerzas para intentar escaparse.

* * *

La herida de la joven no estuvo completamente curada hasta que pasaron seis meses. Las primeras semanas sus deseos de huir no cesaron, pero con el transcurso de los días se dio cuenta que era inútil seguir intentándolo por lo que desistió y se convirtió en una paciente modelo: hacía todo lo que le mandaban la directora, la enfermera o los demás doctores que allí trabajaban sin rechistar.

Su embarazo se desarrollaba sin problemas, las ecografías que María le hacía progresivamente mostraban que era un niño. Incluso había decidido su nombre, se llamaría Gabriel. El que tiene la fuerza de Dios. Un líder nato, un luchador.

Tras dos meses más, la chica dio a luz un bebé precioso. Nunca le reveló quién era su padre porque ni ella misma lo sabía. Sin embargo, ese hecho hizo que fuesen como uña y carne. No se separaban en ningún momento.

Pero el día que su hijo cumplía 16 años, Cristina apareció tumbada en el suelo de la enfermería rodeada por un charco de sangre y con un corte transversal en cada muñeca. Nadie podía explicarse por qué lo había hecho, pero la chica se había suicidado y la directora decidió sepultar su cuerpo en el bosque que había detrás del hospital. El chico se quedó en el sanatorio, ya que lo más parecido a una familia que le quedaba era la directora. Además, tenía miedo de lo que pudiera esperarle fuera, ya que lo único que había visto eran paredes blancas acolchadas y camisas de fuerza, por lo que se quedó con ella. Visitaba diariamente la tumba de su madre, le contaba lo que hacía, lo que pensaba, lo que desearía hacer… Sobre todo, insistía en querer ser como todos los demás. Desgraciadamente, la herida que Cristina se había abierto con el cristal era más profunda de lo que pensaban. Tanto, que consiguió rasgar la placenta, lo que provocó que el tubo neuronal no se desarrollase por completo. Gabriel era deficiente mental.

El día siguiente, uno de los pacientes, que había sido maître antes de que un juez lo condenase allí por enajenación, le estaba enseñando a utilizar los cubiertos, cuando, por accidente, Gabriel le clavó uno de los cuchillos en el pecho al que estaba siendo su maestro. La sangre se derramaba por las manos del chico al tiempo que el viejo maître dejaba de respirar.

El insomnio acompañó al joven durante días. Realmente no sabía bien lo que había pasado ni se daba cuenta de lo que había hecho, pero la imagen de sus manos totalmente rojas por la sangre de su amigo no se le iba de la cabeza, al igual que la muerte de su madre. No podía soportarlo.

* * *

-Oh, cariño… Ten, te he traído unas pastillas que te harán olvidarte de todo por un momento –dijo la directora en una de sus frecuentes visitas nocturnas al chico, a la vez que le entregaba el medicamento.

Gabriel tomó los tranquilizantes despacio, asegurándose de que lo que tragaba no era sólo el agua. De todas formas, nada le hacía efecto. No podía olvidarse del buen camarero. Veía a todos sus compañeros preocupados, manifestando su temor por la gravedad de la situación. Al fin y al cabo, era un asesino. Había matado a un hombre y los demás no lo pasarían por alto. Tan sólo Elisa seguía comportándose como si nada hubiese pasado y lo consolaba día tras día, pero el chico no conseguía entender y estaba cada vez más confuso.

Tras haber ingerido el fármaco, con una mueca inexpresiva en la cara, puso sus manos sobre el cuello de la directora y comenzó a presionar.

-¿Q-q-qué haces…? Me estás haciendo daño… -acertó a decir la doctora.

El chico, impasible, siguió apretando más y más fuerte hasta que la vida de la mujer se desvaneció en soplo largo y lento. Con la lluvia empapándole la ropa, llevó el cuerpo a la parte de atrás del hospital, al bosque, y lo colgó atándole una cuerda al cuello del árbol grande que había junto a la tumba de su madre.

-¿Qué estás haciendo? –dijo María, que lo había visto salir con algo en las manos y lo había seguido- Dios mío, ¿esa es la directora? ¡¿Qué has hecho?!

Él se acercó a ella con paso decidido y repitió lo que había hecho momentos antes con la directora, también colgando el cuerpo de la enfermera del árbol grande con una cuerda atada al cuello. Y así con todos y cada uno de los pacientes y trabajadores del psiquiátrico. Uno de los celadores había intentado pararle, pero Gabriel ya no atendía a razones. No era consciente de lo que estaba haciendo, simplemente necesitaba que dejasen de mirarle como si fuese la última persona del mundo que se mereciese vivir. Dispuso todos los torsos en forma de pentagrama, poniendo en el comienzo de la punta de la derecha lo único que él necesitaba a su lado: el cadáver que había desenterrado de la tumba de Cristina. Después de prenderle fuego, colocó el último elemento que le faltaba a la figura para estar completa: liderando la punta central, su propio cuerpo.

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